Por Juan Manuel Rosso-Londoño
En homenaje a don Leonel Palacios, el sabio guardián de las abejas en Medellín.
La crianza de abejas sin aguijón está de moda. Las razones son entendibles: son fáciles de cuidar, a muchos les resultan adorables y son vitales para la conservación de los bosques. Un abejólogo avezado explica aquí la belleza de los sistemas sociales de estos insectos y los bemoles de su auge entre diletantes.
Pueblos ribereños
Las gruesas plantillas, recortadas de un bidón de plástico, hacían que los dedos del pie se sintieran apretados dentro de las botas de caucho. James y John Harvy explicaron que se necesitaban para evitar que las espinas de la guadua terminaran clavadas en el pie. Esa mañana habíamos llegado a orillas del río Barragán, en límites entre el Quindío y el Valle del Cauca, montados en el típico jeepao de línea, con la intención de conocer la labor de estos guardianes de angelitas, una de las 120 especies de abejas nativas sin aguijón que se encuentran en Colombia.
Durante el viaje notamos el contraste ofensivo que ofrecen las bolsas azules que cubren los racimos de plátano y algunos parches de pasto y cultivos disparejos de cítricos en las empinadas laderas que descienden hacia el río. Echamos de menos el dosel arbóreo que solía dar sombra a los antiguos cafetales y que, además de ayudar a cuidar el suelo y brindar sostén a múltiples especies, pintaba las laderas de muchos verdes y texturas. En la parte inferior del cuadro, montículos de piedras y cicatrices dejadas por la maquinaria de las empresas que extraen material para construcción del lecho del río. Al borde de la carretera que conduce hacia Génova, ya en el punto en que confluyen el río Lejos con el Barragán, vemos algunos parches de bosque y guaduales que han sobrevivido a la transformación abrupta que ha sufrido en los últimos años el icónico paisaje cafetero.
Estos bosques ribereños no pasaron desapercibidos para viajeros españoles como el cronista Pedro Cieza de León, quien describe –aquí y en las siguientes citas– la vegetación de la entonces provincia de Quimbaya en el siglo xvi: Ay muy grandes y efpeffos cañauerales, tanto que no fe puede andar por ellos (…) entre ellos ay muchas y muy altas ceybas no poco anchas y de muchas ramas, y otros arboles de diverfas maneras, que por no faber los nombres, no los pongo. En lo interior dellos o de algunos ay grandes cueuas y cocauidades, donde crian dentro abejas: y formado el panal, fe faca tan singular miel como la de España.
Nos adentramos en los guaduales en busca de nidos de abejas. No es fácil descubrirlos en medio de la vegetación, pero nuestros guías conocen bien el terreno y han trabajado como corteros de guadua, así que saben cómo y qué mirar. Con paciencia y buen ojo siguen con la vista cada tallo, descubriendo sutiles cambios en la coloración o percibiendo las formas que podrían indicar un orificio en la corteza, tal vez hecho por un pájaro carpintero o por la perforación de un picudo que buscaba alimentarse de savia cuando la planta era joven. O, simplemente, porque “la guadua se raja cuando vieja”. Estas imperfecciones son las que, literalmente, abren la puerta para que una abeja reina joven, en camino de independizarse de su colonia madre, establezca un nuevo nido.

El proceso de reproducción o enjambrazón en las abejas sin aguijón es similar a lo que sucede cuando los hijos se van de la casa de sus padres: es algo paulatino, que implica mantener comunicación y cierta dependencia entre la colonia madre y la hija, la cual puede extenderse por días, e incluso meses. Así como en el nuevo apartamento siempre cae muy bien tener a la mano el colchón, la olla a presión o un pequeño mercado que no se echarán de menos en la casa materna, algunas abejas obreras del nido principal comienzan a llevar alimento y materiales de construcción (cerumen, resinas) hasta el nuevo domicilio, y establecen las condiciones mínimas para que la nueva familia pueda comenzar su desarrollo. Luego, la reina virgen, fecundada en su vuelo nupcial, se muda al nuevo nido y poco a poco comienza a poner huevos y, con ayuda de sus hermanas, a recolectar y almacenar alimento para las nuevas larvas que unos días después harán parte de la fuerza de trabajo de la comunidad. La interacción entre ambos nidos se va reduciendo, hasta que cesa en algún momento.
Por ello, es obligatorio que la distancia entre los nidos de madre e hija esté dentro del rango de vuelo propio de cada especie, usualmente unos cientos de metros. Si el parche de vegetación es muy pequeño, está aislado y no hay suficientes cavidades disponibles en el entorno, no será posible que esta nueva colonia se forme. Seu Chico, un meleiro o cazador de miel de la Caatinga brasileña, lo explica mejor que nadie:
Antes había mucha abeja y existía mucho árbol uno junto al otro. Uno encontraba cuatro o cinco nidos en un día. En casi cada árbol había un nido de jandaíra, de amarela, de canudo, de cupira. En invierno, cuando las abejas sueltan familia nueva, la hija salía e iba habitándose ahí cerquita, haciendo una comunidad. Hoy es más difícil: uno llega al monte y el peladero es como una o dos canchas de fútbol. Encuentra una familia, y donde va a encontrar otra es a medio kilómetro, un kilómetro.
Si bien algunas especies de abejas, como las yuquinas y los currunchos, construyen nidos expuestos, la mayoría necesita cavidades para establecerse, y esto es un factor importante para el sostenimiento de las poblaciones de estos insectos. En ecosistemas relativamente conservados, árboles como el chiminango, el guarataro o varias especies de higuerones, entre muchas otras, desarrollan cavidades a medida que crecen, circunstancia que es aprovechada por las abejas y otros organismos para usarlas como casa. Algunas especies, como las angelitas, congas y casiras, son muy cosmopolitas y se adaptan bien en lugares muy antropizados, como las ciudades. Suelen encontrarse nidos en postes, cajas de luz, cielorrasos y cualquier otro espacio que les ofrezca un mínimo de seguridad. Incluso las bóvedas de los cementerios, en ciudades y pueblos de clima medio y cálido, son refugios frecuentes para las colonias de abejas nativas. Sin embargo, muchas otras abejas no se adaptan fácilmente fuera de ambientes “naturales”, y cabe preguntarse qué pasa con ellas ante el avance de la frontera agrícola y la urbanización. Los guaduales y bosques se convierten entonces en refugios importantes para estas y otras especies cuyos hábitats vienen siendo desmontados para dar paso a ciertas maneras de hacer agricultura y ganadería.
Unas abejas ay que son poco mayores que mosquitos; junto a la abertura del panal defpues que lo tienen bien cerrado fale un cañuto que parece cera como medio dedo por donde entran las abejas a hazer fu labor cargadas las alícas d’ aquello que cogen de la flor.
Avanzamos por el guadual esquivando ramas y obstáculos, y quitándonos telarañas pegadas a la cara. A pesar del juego de sombras y luces, y de que es fácil confundirse con líquenes y cogollos, el ojo entrenado de John percibe a contraluz el vuelo de varias abejas en una guadua caída a unos ocho metros de nosotros. Necesitamos acercarnos mucho más para poder verlo: un tubito poroso color crema de 1 cm de diámetro, que es pista de aterrizaje y a la vez portón de entrada a la ciudad de las abejas.
El afanoso tráfico de entrada y salida de las angelitas que van hacia las flores, o que vuelven de ellas, está en plena hora pico. Decenas de obreras se acercan a la entrada con el néctar que luego se convertirá en miel, o cargando en sus patas las bolitas de polen que les dará a sus hermanas menores la proteína para su metamorfosis de larvas a adultas. Ningún insecto volador puede evitar el retén de seguridad, cuya primera línea es un escuadrón de abejas guardianas que vuelan estáticas como lo haría un dron, acercándose a inspeccionar cualquier objeto en movimiento que se aproxime.
Otras abejas ay, que son mayores que las de España: pero ninguna dellas pica; mas de quanto viendo que faca la colmena cargan fobre el que corta el arbol, y apegandofele a los cabellos y barvas. Porque si bien estas abejas no tienen aguijón (o mejor sería decir que lo tienen atrofiado), cada especie ha desarrollado estrategias para la defensa de su casa. Las tímidas lambeojo se ocultan lo más adentro posible en su nido, mientras que las más agresivas enredapelo se lanzan en tropel contra el posible atacante, mordiéndolo con sus mandíbulas y metiéndose entre el pelo y cualquier ranura u orificio que encuentren. Las cagafuego secretan una sustancia cáustica que quema la piel y deja unas ampollas bastante dolorosas. Las tierreras recurren a diseños arquitectónicos complejos, construyendo túneles ciegos, galerías y laberintos que dificultan a los intrusos alcanzar los depósitos de alimento y la cría. Otras se asocian con termitas, avispas u hormigas para construir sus nidos dentro, o muy cerca de los de estos insectos. Y varias especies, como la camandulita y la paté, son expertas usando resinas para sellar cualquier posible orificio, o para formar un revoque pegajoso en torno a la entrada del nido que inmoviliza a incautos atacantes. Luego de ubicar varios nidos de abejas sin aguijón, salimos del guadual y nos dirigimos al hogar de James, una típica casa rural con sus balcones coloridos, jardines, materas y animales en el patio. Poco a poco notamos varios cañutos de guadua colgados de las barandas y columnas de la casa, y en cada uno de ellos un nido de abejas rescatado de los guaduales comerciales cuando se cosechan, o de los “naturales” cuando son deforestados, y que ahora están bajo el cuidado de la familia.
Hoy sabemos que al menos 34 de las especies de abejas sin aguijón nativas de Colombia están a cargo de guardianes (beekeepers), bajo algún tipo de proceso de manejo o cultivo (meliponicultura). En casi todas las regiones del país se encuentran cajas de madera y cartón, calabazos, guaduas o nidos enteros que han sido colgados bajo los aleros de las casas rurales, en los balcones y terrazas de pueblos e incluso en grandes ciudades. Estas prácticas pueden rastrearse muy atrás en el tiempo en diferentes sociedades de todo el mundo. El ejemplo más icónico en América es el de la civilización maya, que domesticó a la abeja xunan cab, importante no solo para la obtención de alimento y en la medicina tradicional, sino como referente para el funcionamiento de la sociedad humana y su relación con el territorio y el mundo espiritual. Las prácticas rituales y técnicas de su cultivo persisten hasta el presente, a pesar de las transformaciones ambientales y culturales de su territorio. A juzgar por el número creciente de proyectos personales, institucionales, académicos y de cooperación que involucran abejas nativas, puede decirse que el interés en la cría de abejas se ha venido incrementando en los últimos años. La meliponicultura se ha puesto de moda. Detrás de esto se encuentra el reflejo de un interés creciente en la reconexión con una naturaleza cada vez más alejada de lo cotidiano, de lo moderno, de lo urbano. Muchos de los cuidadores no tienen abejas por un interés comercial o productivo, sino, en sus palabras: “Por bonitas”.
Son animales dóciles, relativamente fáciles de mantener, y es indudable su papel en la naturaleza y en la producción de alimentos para los humanos. Todos los ingredientes para la receta perfecta de la sostenibilidad: se usa y multiplica la biodiversidad nativa, se apuesta por procesos ecológicos como la polinización y se genera una actividad productiva que puede tener un impacto social y económico positivo.

Sin embargo, para que esta promesa sea auténtica, es necesario considerar ciertos desafíos. El primero es que no todos los “rescates” lo son realmente. El fomento de la demanda de colonias de abejas nativas para los proyectos puede favorecer la extracción de nidos de los ecosistemas y, en vez de ayudar, sumarse a otras de las grandes amenazas para las poblaciones de abejas: la pérdida de hábitat y el uso de pesticidas. Adicionalmente, se promueve el movimiento de abejas entre regiones con el riesgo potencial de generar desbalances que pueden afectar tanto a las abejas como a otros organismos.
Otro desafío es la erosión biocultural, la pérdida de conocimientos asociados a la biodiversidad. El desarrollo zootécnico de una especie implica homogenización de características y estandarización de procesos para facilitar la producción y el manejo, pero trae también riesgos como la pérdida de diversidad y la disminución en la capacidad adaptativa. De este modo, el crecimiento acelerado de la meliponicultura ha dado paso a la difusión de gran cantidad de información que privilegia lo técnico, rápido y directo (lo pragmático, dirían algunos) por sobre otras maneras de conocer con fundamentos más sólidos, bien sea en lo tradicional, o bien en lo científico. Un ejemplo de ello es el uso generalizado del término “meliponas” para referirse a cualquiera de las especies de abejas sin aguijón, lo que no solo dificulta su identificación, sino que invisibiliza la diversidad de características y atributos físicos, comportamentales o simbólicos que vienen asociados al nombre.
Mientras con James y John Harvy tomamos preparada –una bebida hecha con panela y limón–, se vuelve imperativo quitarse las botas para dejar respirar un poco los pies antes de iniciar el camino de regreso. En ese momento agradecemos haber tenido también alguien que nos cuidara en el guadual y nos enseñara la utilidad de la plantilla: más de una docena de espinas de hasta 3 cm de largo habían perforado las suelas de las botas como si fueran de papel. Y es así como estos guardianes, además de proteger el ambiente físico y la integridad de las abejas, son quienes conservan, fortalecen y reproducen el conocimiento para la supervivencia de estos bichos, de los ecosistemas y de todos los seres que dependemos de ellos.
Juan Manuel Rosso-Londoño (Bogotá, 1975). Profesional, docente, abejólogo e investigador interdisciplinario.