Por Ana María Patiño
Fotografías de Santiago Marzola
Guardianas del equilibrio ecológico, las abejas siguen sosteniendo la vida y sus verdes extramuros.
Santiago Arenas, modelo y diseñador, ha ideado una forma de adoptarlas y protegerlas a través de colmenas hechas de madera y cerámica, objetos que hacen recíproca la vocación de cuidado de estos insectos alados.
Las abejas contienen la historia de amor más antigua que hay, esa que existe entre ellas, sus colmenas y las fl ores –dice Santiago Arenas mientras mira y alimenta cuidadosamente a un grupo de estos insectos alados que habitan en su casa. Cuando la extrañeza de un bulto en su cuello resultó ser un feroz cáncer de tiroides, a Santiago llegaron todos los tratamientos y recomendaciones comunes de los doctores. Sin embargo, fue en estas criaturas que él encontró una fi losofía de autocuidado y consciencia que hoy infl uye cada una de sus acciones y aspiraciones.
Para él, las abejas no son únicamente una especie que se ha de conservar por el bien de nuestros alimentos y plantas. También son portadoras de conocimiento y consciencia ancestral que desde hace milenios nos han compartido con el mismo cuidado con que cargan el polen en sus cuerpos. El deseo de Santiago por compartir con más personas la belleza y riqueza que ve en ellas, junto al interés de protegerlas, lo llevó a fundar Florea: una marca dedicada a difundir información sobre las abejas y promover una convivencia más íntima con ellas a partir de colmenas urbanas; esferas portátiles de madera, cuero y cerámica esmaltada donde ellas pueden vivir, hacer miel y descansar después de polinizar.

Santiago se enamoró de ellas hace unos años, cuando realizó el Tour de Abejas en Jardín, Antioquia. Allí recorrió los campos de la fi nca, escuchó sobre los distintos tipos de abejas, exploró los paneles, extrajo la miel y probó sus variedades ácidas y dulces. Quedó tan embelesado con estas criaturas que comenzó a buscar mil formas de sumergirse en su vida. Primero empezó leyendo libros sobre la historia de las abejas, su vínculo con el hombre y los poderes atribuidos a estos insectos –como la creencia de que su miel era la manifestación líquida del sol–. Después de absorber más información sobre ellas en documentales de ciencia y cultura, quiso entender los bemoles de su cuidado y conservación a partir de talleres y cursos.
–Las abejas siempre están ahí –dice Santiago–, pero para verlas toca abrir los ojos y la mente. En una ocasión, les pregunté a unos antropólogos y ceramistas especializados en objetos precolombinos si sabían algo sobre ellas. Me explicaron cómo algunos grupos indígenas solían cubrirse el cuerpo de su miel para realizar ciertos rituales o actos sexuales, pues las consideraban una criatura sagrada de abundancia y fecundidad. De hecho, muchos de estos grupos ya tenían un espacio para estos insectos dentro de sus hogares. La curiosidad y fascinación que las abejas generaron en Santiago es lo que Florea busca extender a su público, especialmente en el caso de las abejas angelitas. Esta variedad nativa de nuestro territorio, a diferencia de las melíferas, también conocidas como domésticas, son más pequeñas, producen miel en menores cantidades y carecen de un aguijón con el cual picar y defenderse. Al no dar los resultados que la industria de la miel exige, las angelitas han sido desterradas de su hábitat. Todo esto a pesar de su inmenso valor ecológico.
–Las angelitas son las que realmente polinizan nuestra flora y fauna. Al haber evolucionado con nuestras flores, su cuerpo está perfectamente diseñado para la diversidad y riqueza del territorio colombiano. Además, cada una de ellas tiene preferencias diferentes; mientras que a una abeja le puede gustar más los árboles de guamo, a otra le pueden interesar más las hierbas medicinales y aromáticas. En un mismo lugar, cada una visita y poliniza flores distintas. Esto, además de hacer que su miel sea única, también ayuda a mantener y apreciar nuestra diversidad. Si bien las posibilidades mercantiles de una “miel angelita” despiertan un cierto interés económico, este no es el propósito central de Florea. Para Santiago, la misión radica en eliminar los prejuicios que hay hacia las abejas y que impiden la posibilidad de conocerlas, de ver y entender todo lo que ellas nos muestran y regalan.
–Lo más bello que nos enseñan las abejas –dice Santiago– es la consciencia e incorporación de un pensamiento sistémico. A partir de la polinización, ellas generan frutos y semillas, regulan el exceso de carbono en el ambiente, propician una mejor calidad del agua e incluso influyen en el clima. Este entendimiento del sistema en el que existen es además replicado en la organización de su colmena. Cada una tiene un rol específico y encaminado a un objetivo común: la supervivencia del grupo. Ellas nos enseñan a trabajar en equipo de manera desinteresada y responsable. Por ejemplo, en épocas de baja floración, los zánganos son expulsados para conservar recursos y proteger al resto de la colmena.
Inspirados por cómo las abejas se relacionan y cuidan entre sí, Florea se funda como la unión de distintas familias en donde cada una aporta desde su profesión y tradición. Hoy en día, gran parte del equipo se compone de artesanos cuyos padres y abuelos se han dedicado por años al trabajo artesanal de la cerámica, carpintería, marroquinería, metalurgia e incluso papel. Una cálida comunidad que Santiago construyó lentamente a partir de la exploración personal y material de estos oficios. Fue precisamente tras ir a los talleres, conocer los procesos y participar en la creación de piezas que se establecieron los vínculos y sentimientos de respeto necesarios para que Florea pudiese existir en colaboración con distintas tradiciones colombianas que también requieren de una protección y divulgación. En la marca, todos los miembros y labores son fundamentales para el propósito común: aportar a la conservación de las abejas por medio del amor y la coexistencia.
–Las colmenas pueden ser eternas, al igual que el amor. En condiciones ideales, ellas se mantienen y sobreviven por años. Conozco amigos con colmenas que han pasado de generación en generación. Por eso en Florea realizamos nuestros refugios en forma de esfera. Además de representar el círculo de la vida y su infi nitud, la esfera también encarna el pensamiento sistémico. En conjunto, cada una de estas puede entenderse como un pequeño planeta o estrella dentro de un universo más grande, en el cual unas están realizadas con cerámica santandereana esmaltada de color azul y otras con madera de un nazareno del campo antioqueño. Las posibilidades de composición que las esferas permiten no solo llevan a un juego estético, también nos recuerdan la belleza de las abejas y de su conexión con el entorno.


Al pensar en los distintos caminos recorridos en su vida, desde haber sido criado en el campo, rodeado de gallinas, vacas y caballos, a estudiar mercadeo en la universidad y desempeñarse como modelo internacional, Santiago ve que su destino tiene que ver con el vuelo y el zumbido dulce de estos insectos. Las abejas y su pensamiento sistémico, donde el cuidado del otro es también el de uno mismo, han enriquecido su vida con revelar el valor e impacto que posee cada elemento, desde su ropa y alimentos a sus amistades y acciones diarias. Es por eso que se dedica con pasión y fe a su empresa, aún con todas las preocupaciones y miedos alrededor. Una empresa que ha asumido a pesar de todas las prenociones y miedos que suelen posarse sobre las abejas. La primera vez que trajo una colmena urbana a su apartamento, los vecinos reaccionaron con temor y disgusto. Incluso, algunos amenazaron con llamar a la policía. Sin embargo, las cosas cambiaron cuando comenzaron a verse transformaciones en el ambiente. Primero, fl orecieron fl ores y frutas en árboles que antes solo tenían hojas verdes. En una de las esquinas del conjunto residencial, la aparición de un árbol de mango causó la llegada de una familia de loros que ahora viven cerca de allí. Después, surgieron de las esquinas arañas y lagartijas que, además de alimentarse de algunas abejas angelitas, también atrajeron a sus propios depredadores, barranqueros y papayeros que hace tiempo no volaban por ahí. El entorno se enriqueció de forma tal que los vecinos terminaron por querer y agradecer la presencia de su colmena.
–De las cosas más lindas que a uno le podría pasar –dice Santiago– es que un grupo de abejas se acerque a ti y vuele a tu alrededor. Ellas son un símbolo de abundancia, poder, amor y regocijo. Pero para poder ver y entender esto debemos verlas y conocerlas. No podemos cuidar lo que no amamos, tampoco podemos amar lo que no conocemos.
Ana María Patiño Sánchez (bogotá, 1999). Historiadora del arte y artista. Desde sus investigaciones académicas y obra plástica explora los conceptos de la muerte y lo monstruoso en relación con la espiritualidad y el textil. Es asistente editorial de El Malpensante.